FELIZ DÍA DE SAN ISIDRO. A MI PADRE, A MI PUEBLO.

Feliz día de San Isidro.

Feliz día a todos los que nos enseñáis que la vida, y lo realmente importante, casi nunca ocurre deprisa.

A los que sabéis esperar. A los que entendéis los tiempos de la tierra. A los que cada día os acostáis mirando cuánto ha llovido. A los que os levantáis temprano, haga frío, viento o todavía sea de noche. A las manos agrietadas y llenas de tierra. A los que pasáis horas y horas en soledad encima de un tractor. A los que vivís con la incertidumbre bajo el brazo. A los que sabéis, gracias a los años de experiencia, el tiempo hará en las próximas horas. A los que invertís y gastáis sin saber si algún día podréis recuperarlo. A los que os sabéis cada milímetro de vuestras tierras y si os cambian una piedra de sitio, lo reconocéis. A los que cuidáis y alimentáis a los animales que rodean vuestros campos.

Hoy felicito especialmente a mi padre y a todo mi pueblo de agricultores, porque hay algo profundamente valiente en dedicar tu vida a algo que la mayoría de las veces incluso no depende de ti.

Crecí viendo cómo mi pueblo cambia según la época del año. Con su tierra recién labrada, húmeda y oscura, tiñéndolo todo de un marrón vivo precioso. Y mayo convirtiendo el término en un mar de trigo que baila con el viento. Donde si sales de noche verás pequeñas luciérnagas repartidas por sus fincas. Son ellos, trabajando sin descanso. 

Crecí rodeada de lo más importante: los valores que nacen y se forjan alrededor de esa forma de vivir.

El campo me enseñó la paciencia, la espera, el esfuerzo, la sabiduría ancestral y lo que es la verdadera dedicación cuando nadie mira.

Me enseñó que a las cosas hay que ponerles cariño, aunque no sepas si vas a poder recoger su fruto. Me enseñó un saber hacer que no se aprende en los libros, sino mirando durante años unas mismas manos trabajar.

Que mi vida girase alrededor del campo me ha hecho comprender que incluso en los peores días hay que seguir cuidando, insistiendo y mimando a esas raíces que son la base de todo.

Feliz día a todas esas manos que, desde los ojos de la infancia, parecían invencibles. A las manos que arreglaban lo imposible, que cargaban peso y trabajaban, trabajaban y volvían a trabajar. A unas manos que también dolían, se cansaban y llevaban preocupaciones encima. Y es que, realmente, nosotras solo necesitábamos unos años más para entender que no eran incansables y que lo único que muchas veces pretendían es que no las viéramos así.

Y puede que crecer sea eso: mirar las manos de tu padre y entender y reconocer todo lo que hicieron mientras tú todavía eras demasiado pequeña para verlo.

Feliz día. Sois y seréis la raíz de todo. Y que nadie se empeñe en lo contrario.