CONTAR HISTORIAS A TRAVÉS DE LA FOTOGRAFÍA

Fotografía de paisaje al atardecer en Segovia con luz cálida, montaña nevada y árbol en primer plano

Durante mucho tiempo pensé que tenía que elegir.

Elegir entre la fotografía de familia o la de paisaje. Entre la emoción de un concierto o la calma de un recién nacido. Entre documentar lo cotidiano o contar lo que ocurre cuando algo importante sucede.

Pero hay algo mucho más importante: no sé mirar sin fotografiar.

Y darme cuenta de eso me ha hecho ver más allá de las etiquetas.

Soy fotógrafa. 

Soy fotógrafa de historias, de vínculos.

Porque antes de todo lo que ves ahora, hubo fotografía de paisaje. Esa que te obliga a parar y observar, a respetar los tiempos y a probar y probar y volver a probar. Con la que aprendí que casi nada sale a la primera.

También hubo conciertos y muchos kilómetros a la espalda. Conciertos de los que se sienten. Artistas que rozaban el alma y donde cada letra llegaba justo cuando más la necesitaba y me hacía llorar y sanar. Ahí aprendí sobre la velocidad, porque hay gestos e historias que solo existen durante unos segundos, pero en mi mano estaba poder hacerlas eternas. Pero también me di cuenta de que lo que realmente importa casi nunca está de cara al público, que siempre hay mucho más allá y eso es lo bonito, lo especial y gracias a lo cual se sostiene todo lo demás.

Y también hubo veces de buscar la noticia, otras de chocarte con ella sin esperarla y muchas veces de recibirlas sin ni siquiera pedirlas. El fotoperiodismo me enseñó a estar, a no apartar la mirada cuando algo duele. A entender que no todo lo que se fotografía es bonito, pero sí necesario porque todavía hoy en día hay muchas cosas que necesitan voz y ser vistas. Aprendí a contar lo que pasa sin adornarlo, a respetar la historia tal y como es, y a saber que hay imágenes que nacen con el único propósito de recordar, aún sabiendo que no nos van a gustar. De la inmediatez aprendí a disparar en el momento exacto, con el corazón funcionando más rápido que la cámara. Pero también tuve días en los que me quedé paralizada frente a lo que estaba viviendo, que me costaba reaccionar y me negaba a disparar.

Todo esto, y alguna cosilla más que me dejo en el tintero, es lo que ha dado forma a mi manera de contar historias. Hoy trabajo como fotógrafa en Segovia, pero sobre todo como alguien que utiliza la fotografía para contar historias reales y que hoy puede decirte que sí, claro que hay imágenes bonitas. Pero luego hay otras: las que de verdad importan.

Una mirada. Un abrazo entre tu padre y tu hijo. Un gesto cómplice. La forma en la que tu madre te mira sin que te des cuenta. La luz entrando por la ventana de tu casa. El atardecer cayendo sobre la casa de tus abuelos.

Nada de eso parece urgente.
Pero todo eso es importante.

Por eso ya no intento elegir. Porque fotografío lo que pasa, lo que se siente. Lo que, si no lo guardas, se pierde.

Y quizá hoy no lo veas, pero dentro de unos años volverás a esas imágenes. Las enseñarás, las compartirás, te emocionarás y algo dentro se colocará.
Y ahí entenderás que no eran solo fotos.

Eran memoria.

Eran la forma de volver.